Arturo Álvarez: El Rey Arturo
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-432-2002-10-24.html
Por María Moreno
Página/12, Buenos Aires, 24 de octubre de 2002
Arturo Alvarez nació en 1921 en un departamento de la calle Esmeralda. Fue rico, escribió libros, dirigió una editorial, coleccionó obras de arte y heredó campos... Y, según las versiones, lo perdió todo: se lo birlaron o lo despilfarró. Es personaje en Invitados en el paraíso de Manuel Mujica Lainez y aparece brevemente en El común olvido de Sylvia Molloy y en Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. Cuando publicó Sven, una autobiografía oblicua, levantó exclamaciones jubilosas de Silvina Ocampo y Juan José Hernández. Pero con el tiempo, su figura cayó en el olvido. María Moreno, que lo visitó en el Hogar Martín Rodríguez de Ituzaingó, le hace justicia al último dandy de la época de oro de Buenos Aires.
(...)
–Qué lástima. Ya no recuerdo el IV acto de Phèdre ¿Usted no lo sabe? Aquí en la biblioteca debe haber algún ejemplar. Pero debe estar en español, claro.
Y hace silencio. Como si recordar consistiera en en escuchar voces que nadie más escucha y repetir al dictado.
–Quand sauras-tu mon cri, quand sauras-tu mon cri –murmura. Cada vez más rápido, como para darse impulso y seguir de largo.
La audiencia sonríe. ¿Sabe que un almuerzo en medio de un jardín arbolado y servido mientras se escucha recitar en su lengua original a un clásico francés es un lujo aun para los ricos? Algunos hacen muecas, como para ayudar al esfuerzo de la memoria. No se escucha más que el ruido de las rueditas de los carros que traen la comida.
–Quand sauras-tu mon cri... ¿Mon mal vient de plus loin? ¡A peine au fils d’Egée/ Sous les lois de l’hymen je m’etais engagée,/ Mon repos, mon bonheur semblait s’être affermi,/ Athènes me montra mon superbe ennemi.
Arturito se pone de pie, se coloca el repasador en el hombro y la mano en la cintura que quiebra hasta que el cuerpo todo se le dobla hacia atrás. Los ojos ciegos recorren los cuatro rincones del salón. Es una apoteosis invisible.
–Je le vis, je rougis, je pâlis à sa vue...
Si la audiencia no demuestra su adhesión con un aplauso es porque han llegado las albóndigas.